Bajo las luces de la noche Parisina, comparten un plato de
pasta. Raviolis carbonara. Suena la melodía de un acordeón, y de los balcones
cuelgan guirnaldas de geranios y margaritas. Una vela encendida a un lado de la
mesa da un último toque de romanticismo en el que no reparan. Por lo menos
Diana.
-¿No te recuerda a la escena de la Dama y el Vagabundo?
Ella ríe ante la ocurrencia de Leo.
+Cierto, con la diferencia de que aquí no hay beso.
-Sí, se que soy el sueño de tu vida, pero Diana, son cosas
que pasan...
Diana ríe con la boca llena. Leo no es capaz de pensar en
otra cosa. Sus ojos, sus labios, su pelo... Tiene ganas de besarla, de
abrazarla, de amarla... Tiene ganas de ella. Es como una droga. Cuanto más
tiempo pasa con Diana, más la necesita día tras día. Pero no, no puede. Por
ella. Está ahí para ayudarla. Está ahí por ella, porque tiene el corazón roto,
porque no soportaba saber que en España lloraba noche tras noche por esa
ruptura, por esa relación, por él...
+Eres tan estúpido.
-Dime algo que no sepa.
+Aún no me has contestado.
-¿Constestarte? ¿A qué?
+Por qué estás aquí conmigo, porque me has acompañado a
París.
-Simple: para que no te perdieras. Con tu sentido de la
orientación, quien sabe. Sin mi, podrías haber terminado en La India.
+Eres un idiota.
Son palabras rodeadas de los dientes más blancos, de la
sonrisa más pura. Leo le guiña un ojo y con gesto llama al camarero.
-Si no le importa, ¿Podría traernos el postre? Yo quisiera
unos profiteroles. ¿Y tú, Diana?
+Estoy llena, mejor te quito a ti.
-Típico en las mujeres... Pues solo eso.
El camarero asiente simplemente, y en menos de cinco minutos
ya está de nuevo en la mesa con lo mandado.
+¿Cómo que típico?
-Ajá, no queréis postre pero siempre le quitáis a los demás.
+Como te odio.
Antes de que Leo pudiera reaccionar, Diana ya le había
llenado la nariz de chocolate.
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