Palabras, palabras, y más palabras. Huecas, vacías, llenas, infravaloradas... Pero bonitas, todas bonitas.
miércoles, 12 de diciembre de 2012
Maybe.
Tal vez nunca debimos prometernos nada. Si hubiera sabido que ese "para siempre" tenía fecha de caducidad, tal vez las cosas serían diferentes. Yo seguiría entera, y tu no sabrías mi nombre.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Alegoría al veneno.
Pendiendo de la punta de tu cigarro y ardiente como el fuego que lo prendió. Te espero entre calada y calada, con la esperanza de ver tu silueta desnuda en el humo. Pero el filtro ya quema, y tu no apareces. Con las chispas entre los dedos, mis esperanzas se desvanecen.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Tu respiras; yo escribo.
Somos, queridos amigos escritores, unos enfermos. Como nuestro muy bien conocido Moga me (nos, realmente, pues no iba sola) confesó íntimamente, no somos personas normales. Las personas normales se quitan los problemas de encima hablando, o escuchando. Palabras, pero con sonido. Nosotros no. Nosotros nos alimentamos de palabras mudas, lo damos todo por ellas, y ellas nos devuelven los favores en forma de saco; saco donde meter hasta la ultima de nuestras inquietudes. A nosotros no nos gusta interaccionar con alguien, pero si con algo: con un papel y un boli. No somos gente de acción, por lo menos de acción real. Somos unos automarginados; nos encerramos a escribir, sintiéndonos violentos si hay alguien mirando. Sufrimos, sufrimos un problema mental. No, no somos normales. Sufrimos para escribir y escribimos para sufrir (o dejar de sufrir, depende del escritor). Cuál es nuestra enfermedad, es algo que no puedo contestar. Cada unos tenemos la nuestra.Si queréis, os puedo decir la mía: yo escribo para que me quiera. Así es. Pues cada vez que quieres a algunas de mis palabras, quieres a una parte de mi, por pequeña que sea esa parte. Pues, por eso escribo yo (carencia afectiva, lo llaman mis amigos). Pues, yo vivo por eso.
Sino fuera por las palabras y la posibilidad de usarlas , aún siendo mudas, yo no viviría. Y cada vez que alguna de mis líneas, te hace sentir algo, yo vivo de nuevo.
Sino fuera por las palabras y la posibilidad de usarlas , aún siendo mudas, yo no viviría. Y cada vez que alguna de mis líneas, te hace sentir algo, yo vivo de nuevo.
miércoles, 26 de septiembre de 2012
Y de pronto, apareció.
Donde menos lo esperaba. En quien menos esperaba. Allí estaba. Tuve que mirarlo varias veces antes de darme cuenta de que lo que tenía en sus manos era mi corazón. Y entre tanto miedo, solo estaba él.
lunes, 24 de septiembre de 2012
Reacciona.
Tal vez nadie dijo nada porque las palabras estaban de más. No se encontraba frase que hilar entre tantas miradas y sonrisas. Enredados, no se daban cuenta de que el tiempo corría. Una sabana y una persiana les tapaba la luz del sol. O tal vez la de la luna. Jamás lo supieron.
domingo, 23 de septiembre de 2012
Bicos.
"Tu pensamiento me puede, tu imagen me supera. Olvídate del mundo, olvídate de todo durante unas horas, y ven conmigo a vivir. A bailar. A hacer que cada centímetro entre tu piel y la mía duela menos. A calcar tu silueta en la cama. Déjalo todo, déjalo, que yo por ti dejo hasta el cielo partido en dos."
miércoles, 29 de agosto de 2012
No hasta luego. Esto es un adiós.
Y bailamos bajo la lluvia, hasta que nos dolieron los pies. Sólo Madrid fue testigo de nuestra historia. Solo Madrid puede contar cuantas caricias nos dábamos por minuto, cuantas veces se tocaron nuestros labios en una tarde, y cuantas miradas se perdieron en el sol. El sol que esa tarde era más oscuro que nunca. El sol que esa tarde, nos obligó a despedirnos para siempre...
jueves, 24 de mayo de 2012
En un beso, sabrás todo lo que he callado.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.
Pablo Neruda.
Rima XII
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar, te quejas;
verdes los tienen las náyades,
verdes los tuvo Minerva,
y verdes son las pupilas
de las hurís del Profeta.
El verde es gala y ornato
del bosque en la primavera;
entre sus siete colores
brillante el Iris lo ostenta,
las esmeraldas son verdes;
verde el color del que espera,
y las ondas del océano
y el laurel de los poetas.
Es tu mejilla temprana
rosa de escarcha cubierta,
en que el carmín de los pétalos
se ve al través de las perlas.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean,
pues no lo creas.
Que parecen sus pupilas
húmedas, verdes e inquietas,
tempranas hojas de almendro
que al soplo del aire tiemblan.
Es tu boca de rubíes
purpúrea granada abierta
que en el estío convida
a apagar la sed con ella,
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean,
pues no lo creas.
Que parecen, si enojada
tus pupilas centellean,
las olas del mar que rompen
en las cantábricas peñas.
Es tu frente que corona,
crespo el oro en ancha trenza,
nevada cumbre en que el día
su postrera luz refleja.
Y sin embargo,
sé que te quejas
porque tus ojos
crees que la afean:
pues no lo creas.
Que entre las rubias pestañas,
junto a las sienes semejan
broches de esmeralda y oro
que un blanco armiño sujetan.
*
Porque son, niña, tus ojos
verdes como el mar te quejas;
quizás, si negros o azules
se tornasen, lo sintieras.
Gustavo Adolfo Bécquer.
Caminante.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado
martes, 22 de mayo de 2012
Caprichos del destino.
El agua de la ducha golpea con fuerza su piel semitostada
por el sol del verano. Las gotas caen, recorriendo cada rincón de su cuerpo,
como en una carrera para ver cual llega antes a la meta. La espuma se desliza
por su pelo color ceniza, y un poco le llega a los ojos. Se la retira rápidamente, con delicadeza, una
cualidad de la que no carece ninguno de sus gestos. Y, mientras deja pasar los
minutos, piensa en su amiga. ‘No sé que problema tiene. Ha tenido muchas
oportunidades, con chicos de todo tipo, y nada. No quiere… No la entiendo.
Somos muy diferentes…’
Inés sabe que Leyre es muy atrevida, hasta cierto punto.
Enfundada en unos pantalones cortos vaqueros y una camisa de
gasa ancha ceñida a la cintura, camina despacio calle arriba. Sus tacones de
esparto granate dejan enseñar unas uñas pintadas de rojo, y unas piernas largas
y morenas seducen con un caminar digno de una modelo. Sus labios brillan
levemente, y sus ojos verde esmeralda
marcados por unas largas pestañas negras lo observan todo con exagerada
curiosidad.
Un chico algo mayor que ella la observa y le guiña un ojo.
Ella finge no haberlo visto.
-Leyre, eres guapa, pero no te aproveches de ello, que hay
algunos que no podemos resistirnos.
Una voz suena cerca de su oído. Es Francesco.
-Ni soy guapa ni me aprovecho- responde ella con una
sonrisa- Si él me ha mirado, no es mi culpa.
-Es difícil no mirarte, llamas la atención.
-¿Qué? –ríe- ¿Yo, por qué?
A Francesco se le ocurren en ese momento mil maneras
diferentes de cómo decirle a Leyre que la quiere, que la ama con locura, pero
lo único que hace es encogerse de hombros y murmurar entre dientes:
-No sé.
A ella no le pasa desapercibido el rubor de las mejillas de
su amigo. Se conocen desde poco más de un mes, pero parece que él le ha cogido
bastante aprecio.
-Francesco, ¿Tú llegando tarde?
-Es que me he quedado dormido, porque mi hermano ha estado
estudiando toda la noche y se ha ido temprano
a la uni, y me ha despertado. No fui capaz de volverme a dormir.
-¿Qué está estudiando tu hermano?
-Psicología. Esta mañana ha tenido su último examen.
-¿Cuántos años tiene?
-19, dos más que nosotros.
-¿Cómo es posible que Ángel llegue siempre tarde?
-Ya sabes que le gusta hacerse esperar.
-Cómo en cinco minutos no esté aquí me voy sin él.
Una voz grave los sobresalta.
-Tranquilo que ya estoy aquí.
-Seguro que te has parado a mirar a alguna chica.
Ángel sonríe misteriosamente mientras mantiene en vilo a
Diego y Alessandro.
-Sí, pero no a una cualquiera. Alessandro, mira allí.
Señala con el dedo índice a un grupo de adolescentes que
está a unos metros de distancia, y sus amigos giran la cabeza en esta
dirección. Alessandro abre la boca sorprendido, mientras que Diego no comprende
nada.
-¡Es Leyre!
-¿Quién es Leyre?
-¿Te acuerdas de la fiesta de ayer? Pues Alessandro estuvo
con una muchacha…
-Pero no paso nada.
-Ah, no lo sabía. Por si os interesa, el que está al lado de
vuestra amiga… ¿Laura?
-Leyre.
-Eso, Leyre, es mi hermano.
-¿Y por qué nos iba a interesar?
-No sé- dice Diego guiñando un ojo- A lo mejor quieres ir a
hablar con ella.
-Entonces, ¿A dónde vamos?
Siete personas de no más de dieciocho años discuten unos
metros más allá, sin darse cuenta de que están siendo juzgados a base de
miradas.
-Yo quiero una heladería.
-Pero Anna, tu siempre quieres comer.
Un puñetazo va a parar al brazo de Hugo.
-¡Ay!
-Pues yo creo que lo mejor es irnos a una disctoteca.
Naiara niega rotundamente con la cabeza.
-Vamos a sentarnos en un bar a tomar una cerveza.
-Estoy con Lucas y con Inés, yo quiero irme a un pub o algo
así.
Todos menos Naiara asienten con la cabeza.
-Pues hala, decidido
-Qué, ¿Os vais a acercar o no?
-Qué dices, que vergüenza…
Alessandro no puede ni terminar la frase cuando Ángel sin
previo aviso se encamina hacia esa chica de ojos verdes. Sigue pensando que
está demasiado delgada, pero algo en su mirada le llama. Sus amigos lo siguen y
lo alcanzan en cuestión de segundos. Un paso más, y de repente, dos cuerpos
chocan. Ángel llega justo cuando Leyre se da la vuelta. Él consigue mantener el
equilibrio, como si estuviera encima de una cuerda floja, pero ella, tras otro
paso en falso, se cae al suelo. Todos a su alrededor ríen, menos Ángel, cuya
mirada es impasible, y Diego, que se ha sonrojado.
-Lo siento mucho, ¿Estás bien?
Cuando sus manos se estrechan un escalofrío recorren sus
espinas dorsales. Leyre mira sus ojos color miel. Se sonroja pero esboza una
gran sonrisa.
-Tranquilo, si no ha sido culpa tuya.
-Lo sé, pero no esperes que él se disculpe.
Diego señala a Ángel con un gesto de resignación. Éste se
encoge de hombros.
-En realidad, tampoco ha sido culpa mía, yo no sabía que se
iba a dar la vuelta.
-Ya, pero aunque sea por educación…
Francesco se mete en seguida de por medio.
-Diego, sabes que Ángel no lo hace por ser educado o dejar
de serlo, es cuestión de su enorme ego.
Ángel sonríe. El hermano de su amigo siempre le ha caído
bien.
-Cierto.
-Espera, Francesco, ¿Tú los conoces?
Inés le da forma a los pensamientos de todos con esa simple
pregunta. Francesco asiente con la cabeza poniéndose al lado de su hermano.
-Claro que sí. Éste es mi hermano, y estos sus mejores
amigos.
Leyre da un paso adelante y se colca frente Alessandro.
-Tú… me suenas.
Él sonríe.
-Vaya, veo que el alcohol de anoche te afectó más de lo que
yo pensaba.
-¡Claro, ya me acuerdo! Tu eres Ale, ¿No?
-Exacto.
lunes, 21 de mayo de 2012
Caminos cruzados.
La música suena a todo volumen. Alrededor de una piscina,
ciento de adolescentes bailan descontrolados. Ebrios o colocados. La mayoría de
las chicas van ligeras de ropa, no por el calor. Y los chicos… disfrutan
mirando. Botellas vacías de alcohol flotan en el agua, y en los rincones,
chicos intercambian éxtasis por pasta. Inés vigila desde un balcón. Mira con
orgullo la fiesta. Su fiesta. El viento juega con sus mechones color ceniza y pasea
por su cuerpo desnudo. Siente una mano sobre su cadera. Cierra los ojos. Le
encanta el tacto de su piel.
-Inés, ¿Qué haces aquí? Ven a la cama.
Ella se gira y le sonríe. Sus ojos azules contrastan con los
negros de Lucas. Y lo besa. Se enreda en su cuerpo y lo acaricia. Y antes de
poder pensar, están de nuevo en la cama, jadeando, suspirando, jugando…
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-¡Bebe, bebe, bebe!
Un corro de diecisieteañeros corean, borrachos, esperando
que el chico del centro pueda con toda esa cantidad de cerveza. Desde fuera, al
lado de la piscina, un chico de ojos marrones observa la escena. Tiene un vaso
en la mano. Brugal con coca-cola. Solo lleva puesto un bañador, dejando
entrever un cuerpo sacado de gimnasio. De repente, una chica llama su atención.
Sale de entre todo el gentío con un chico de la mano. La reconoce. Ha oído
hablar de ella. Leyre. Sale corriendo hacia la piscina, arrastrando tras de si
al perdido chico. Al llegar al borde de la piscina le da un beso rápido, y tras
separase de él y reírse, lo empuja hacia el interior de la piscina. El chico
cae arrastrándola con él. Ambos nadan hacia el centro de la piscina, él la coge
y se besan. De nuevo. Ella está mojada, no solo en lo referente a la ropa. Y
más que besarlo le muerde, los labios, una y otra vez.
Ángel observa la escena, con un brillo de suspicacia en la
mirada. Y, tras unos pocos minutos, deja el vaso de Brugal en una mesa llena de
restos de polvos blancos y comida. ‘Es una chica mona. Quizás demasiado
delgada, pero mona. Bonitos ojos.’ Sale, arranca un deportivo color negro y se
marcha. No quiere caer tan bajo como todos aquellos adolescentes sin futuro.
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La alarma de su Nokia táctil hace sonar la canción de los
Italo Brothers, Moonlight Shadow. Él la apaga casi automáticamente. Son las
siete y media, el último examen es dentro de una hora y lleva toda la noche
estudiando. Se sabe los 12 temas de psicología de cabo a rabo, pero aún así, ha
decidido repasarlos una vez más.
-Diego, ¿No has dormido en toda la noche?
Él se da la vuelta, y contempla a su madre vestida con el
uniforme del trabajo y una taza de café en la mano, apoyada en el marco de la
puerta.
-Sí, hoy es mi último examen.
-Pero cariño, necesitas dormir…
Diego se levanta y le da un abrazo a su madre. Desde que su
padre los abandonó, han tenido que renunciar
a bastantes cosas por seguir adelante. Él incluso quiso dejar la
carrera, pero su madre se lo prohibió.
-No te preocupes, cuando termine el examen volveré a casa y
dormiré un rato.
Dicho esto, se dirigió a la cocina de su piso del centro de
Salamanca. Abrió la nevera y sacó un pedazo de tarta de chocolate que hizo su
madre ayer y se sirvió un vaso de leche.
-Entonces, ¿Hoy no sales?
-Sí, pero por la noche. Vamos a ir a dar una vuelta por los
bares de aquí.
-Está bien. Yo me voy ya a trabajar. Hasta luego.
-Adiós mamá.
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La luz se filtra por el hueco de la persiana, y traspasa las
cortinas de seda de su cama de dosel. Un rayo de sol le da casi de lleno en la
cara, y gruñe entreabriendo los ojos. Siente el cansancio en todos sus
músculos. Y el efecto del alcohol en su memoria. Se estira, abriendo los ojos
ya del todo, y sonríe. Se siente como una princesa cada vez que despierta en
esa cama. Como una princesa cuyo príncipe se perdió en el camino…
Sacude la cabeza y, pulsando un botón de la minicadena de su
izquierda, comienza a sonar una canción poco conocida. Mira el reloj. La una de
la tarde. Mientras abre el armario, marca el número de Inés en su iPhone
fucsia. Uno, dos, tres pitidos…
-¿Si?- La voz aguda de su amiga suena baja, recién
despertada, también.
-Inés, soy Leyre, ¿Estabas dormida? ¿Sigue Lucas allí?
Anoche no se os vió el pelo…
-Si y si. Se ha quedado a dormir conmigo. ¿Vas a venir a por
el vestido?
-¿Qué vestido?
-El de la graduación, ya está arreglado.
-Está bien. Como algo y voy.
-Vale, un beso.
Cuelga y se pone unos pantalones cortos y una camisa
veraniega de Massimo Dutti. Se mira al espejo mientras se recoge el largo pelo
moreno en una coleta. Aunque Inés y ella solo tengan 17 años, van a la cena de
graduación de los de bachillerato desde los 14. Les encanta lucirse.
Baja corriendo unas escaleras de mármol y se dirige a la
cocina. Abre la nevera y saca una botella llena de zumo de naranja. Sale
andando a paso ligero hacia el salón. Allí están Dani y Rubén, los gemelos,
jugando a la play.
-Pequeños, ¿Dónde están papá, mamá y Marcos?
-Papa y mamá se han ido a un club de esos caros, y Marcos
está con su novia fuera.
-Su novia tiene nombre.
-Pero nunca me acuerdo.
Leyre suspira.
-Guadalupe.
-Pero no la llaman Guadalupe.
-Ada.
Rubén se encoge de hombros y vuelve al juego.
-Bueno, chicos me voy.
-¿A casa de Inés?
-Si, ¿Por qué lo preguntas?
-Dile a Tony que se venga.
-¿Pero Tony no estaba en un campamento?
-Llegó ayer.
-Está bien, se lo diré.
Coge un caramelo de menta de encima de la mesa y deja en su
lugar la botella de zumo.
-Chicos, colocad eso que tengo prisa. ¡Os quiero!
Y sale corriendo hacia fuera. Mira a todos los lados y ve a
Marcos montándose en su Porshe color
rojo.
-¡Marcos!- corre hacia él- ¿Me llevas a casa de Inés?
-Pero si vive a tres manzanas de aquí…
-No me apetece andar, venga, ¿Qué te cuesta?
Marcos piensa.
-Venga, móntate.
Leyre se monta atrás, dejadole a Ada el asiento al lado de
su hermano.
-Hola Ada.
-Buenos días para ti, ¿No Leyre?
Todos ríen.
-Si, la verdad es que sí. Anoche llegué muy tarde a casa.
-Inés celebró una fiesta, ¿No?
-Si, por el comienzo del verano.
-¿Y qué tal te lo pasaste?
-Muy bien, muchos chicos.
Marcos finge no haber oído la última frase y, tras un
carraspeo, le dice a su hermana:
-Leyre, llegamos.
Leyre se baja corriendo, le da un beso en la mejilla a su
hermano a través de la ventanilla bajada y tras despedirse, corre a la puerta
de casa de su amiga. Llama, y le abre una mujer de negro con un delantal
blanco. La conoce.
-Buenas tardes Roberta. Vengo a ver a Inés.
-Hola señorita Leyre. Está en su habitación, creo que aún
dormida. Ya sabe el camino.
Leyre comienza a andar, subiendo unas escaleras también de
mármol, semejantes a las de su casa. El primer piso la tercera puerta a la derecha.
No llama, nunca lo hace. Abre poco a poco la puerta, y dentro ve un bulto en la
cama de su amiga. Cierra la puerta sin hacer ruido y se acerca poco a poco.
Inés duerme tranquilamente al lado de Lucas. Ambos están desnudos, tapados con
una fina sábana de satén (Inés odia la seda) hasta por encima del ombligo.
Leyre coge un poco de impulso, con intención de tirarse encima de ambos.
-Ni se te ocurra.
Cuatro palabras se deslizan suaves por los labios de Inés,
que abre los ojos lentamente. Y unas milésimas de segundo después, añade:
-Te ibas a tirar encima, admítelo.
Leyre solo sonríe como una niña pequeña y afirma bruscamente
con la cabeza. Inés se despereza y se restriega los ojos como si de un gato se
tratase.
-¿Y mi vestido?
-En el armario. Cual prefieres, ¿El azul o el negro?
-El negro. Es más provocativo. Además, el azul te pega más a
ti.
-Pues pruébatelo.
Leyre camina hacia el armario de su amiga y lo abre con sumo
cuidado. De la pequeña percha de la puerta cuelgan dos vestidos muy parecidos
cubiertos por un plástico transparente. Saca el negro y lo pone encima de una
silla, con la intención de que no se arrugue.
-¿Qué tal con Lucas?- pregunta Leyre mientras se desnuda.
-Bien. Tú también estuviste con un chico anoche, ¿No?
-Sí. Se llama Alessandro, es italiano, estudia en la
universidad de aquí, y vive en uno de los colegios mayores, no recuerdo en
cual.
-Y… ¿Pasó algo?
Un escalofrío recorre la espalda de Leyre.
-No. Sabes que necesito a alguien especial, que no puedo…
-Cuando estés preparada lo sabrás.
Leyre termina de abrocharse el vestido. Escote palabra de
honor, negro azabache, ajustado en la zona de la cintura hacia arriba y con
vuelo hacia abajo. Es de gasa. Por supuesto, no iba a ser de seda. Da una
vuelta frente al espejo y por un momento se siente una princesa.
-Te queda muy bien.
-¿Cómo es el azul?
-Un poco más largo, por la rodilla, y con un solo hombro al
descubierto.
-Me quedo con este.
-La sabía.
-¿Tienes unos tacones negros?
-Sí, los de plataforma, pero me tienes que dejar tu los
tuyos azul oscuro.
-Hecho.
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La Blackberry táctil suena a todo volumen en su mesilla de
noche. No la escucha, tiene los cascos conectados al amplificador de su
Epiphone eléctrica de color blanco. Toca una canción de Pereza con los ojos
cerrados. Cuando termina y los abre, ve la pantalla de su móvil iluminarse. Es
Alessandro. Lo llama.
-Alessandro, soy Ángel.
-Hola Ángel. Te vi ayer en la fiesta.
-Y yo a ti. Ocupado con una chica… Leyre, ¿No?
-Sí, pero fue únicamente un rollo, no me dio su número si
quiera.
-Es amiga de la rubia, la dueña de la casa…
-Inés.
-Sí, esa. Y tengo entendido que van todos los años a la cena
de graduación. Así que la verás, tranquilo.
-La cena es mañana, ¿Me equivoco?
-No.
-¿Vamos a ir?
-Por qué no, así por lo menos hacemos bultos. Además, va
mucha gente de primero de carrera.
-Está bien. Bueno, te llamaba para decirte que Diego y yo
hemos quedado esta noche para dar una vuelta. ¿Te vienes?
-Sí, por qué no. ¿A qué hora y en dónde?
-A las nueve y media en la plaza mayor.
-Allí estaré.
-Venga, hasta luego.
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Leyre se desliza por la barandilla mientras Inés y Lucas
bajan escalón por escalón, agarrados de la mano.
-Leyre, algún día te vas a matar.- Suspira el chico.
-Anda ya, si llevo haciendo esto desde que era pequeña.
Llega al suelo con un aterrizaje perfecto.
-Chicos, ¿Qué os parece si vamos esta noche a dar una vuelta
por el centro?
-Si hombre, para que vayáis vosotros dos en plan pareja y me
quede yo sola.
-Tonta. Pensaba llamar a Francesco, Hugo, Naiara y Anna.
-En tal caso, estoy de acuerdo.
-¿A las nueve y media en la Plaza Mayor?
-Está bien, pero esperadme si llego tarde…
-Lo llegarás.
-Hija de tu madre.
Inés sonríe y le da un beso a su mejor amiga.
-Por cierto, me dijeron Rubén y Dani que hablara con Tony
para que se fuera a mi casa.
-No te preocupes, ya se ha ido.
-En tal caso, a la heladería.
-----------------------------------------------------------------------------------
-Diego, ¿Qué tal el examen?
Los ojos azules brillantes de Lucía lo observan con cierta
admiración escondida.
-Bueno, pues podría haberme salido mejor, pero supongo que
aprobaré. ¿Y tú que tal?
-Bastante bien, mejor de lo que esperaba.
Caminan, cerca el uno del otro, por uno de los pasillos de
la facultad.
-¿Qué vas a hacer esta noche?
-He quedado con Ángel y Alessandro para dar una vuelta por
el centro, ¿Quieres venir?
-No, gracias. Creo que me quedaré sola en casa, y hoy
prefiero dormir para la cena de mañana.
-¿La de la graduación de los de Bachillerato? ¿Vas?
-Sí, vamos todos. ¿Tú no?
-Claro que sí, pero no sabía que una simple cena de
adolescentes motivados tuviera tanto éxito…
Ven, acércate. Ven y abrázame.
La luna se refleja en el agua del Sena, que esta noche
parece más clara que nunca. Parados, observan el río desde un puente con
numerosos candados. La luz de las farolas no alumbra tanto como de costumbre,
todo está sumido en una penumbra un tanto especial.
-¿Piensas que algún día lo olvidaré?
+No. No somos máquinas, no olvidamos por que si.
-¿Eso significa que siempre me dolerá?
+Tampoco. Hace poco una amiga me dijo algo que no me dejó
indiferente: no lo vas a olvidar, pero llegará un momento en el que te darás
cuenta de que ya no juega un papel tan importante en tu vida. Siempre te
quedaran los recuerdos, pero en el presente y en tu futuro, podrás vivir sin
él. Más que olvidar lo que sientes por él, lo transformarás.
Un escalofrío recorrió a Diana de pies a cabeza. Leo se dio
cuenta y se quitó su chaquetón para ponérselo a ella sobre los hombros.
-Leo no hace falta...
+Te gusta esa frase. Sí que hace falta. No finjas ser tan
fuerte, que algún día te vas a romper.
-¿Qué me quieres decir con eso?
+No te he visto llorar ni una sola vez por Danielle, no te
he oído decir nada como ''lo echo de menos'' o algo como ''necesito un
abrazo''. ¿No tienes ganas de todo eso?
-Pues...
Diana enmudeció. No tenía respuesta.
+A veces, para superar algo debes dejar de fingir, y decir
lo que en verdad sientes.
-No puedo, me da vergüenza. Me avergüenzo de mí misma.
+¿Por qué? ¿Por necesitar un amigo o soltar unas cuantas
lágrimas? Diana, sentir dolor, por lo que sea, no es motivo de avergonzarse.
Una lágrima se resbaló por su mejilla, Leo la cogió con un
dedo.
+Ésto, no es más que una señal de valentía.
Diana esbozó una débil sonrisa, y con los ojos le suplicó
que la abrazara. Y que no la soltara. Y él no se hizo más de rogar.
Queda camino por andar.
Bajo las luces de la noche Parisina, comparten un plato de
pasta. Raviolis carbonara. Suena la melodía de un acordeón, y de los balcones
cuelgan guirnaldas de geranios y margaritas. Una vela encendida a un lado de la
mesa da un último toque de romanticismo en el que no reparan. Por lo menos
Diana.
-¿No te recuerda a la escena de la Dama y el Vagabundo?
Ella ríe ante la ocurrencia de Leo.
+Cierto, con la diferencia de que aquí no hay beso.
-Sí, se que soy el sueño de tu vida, pero Diana, son cosas
que pasan...
Diana ríe con la boca llena. Leo no es capaz de pensar en
otra cosa. Sus ojos, sus labios, su pelo... Tiene ganas de besarla, de
abrazarla, de amarla... Tiene ganas de ella. Es como una droga. Cuanto más
tiempo pasa con Diana, más la necesita día tras día. Pero no, no puede. Por
ella. Está ahí para ayudarla. Está ahí por ella, porque tiene el corazón roto,
porque no soportaba saber que en España lloraba noche tras noche por esa
ruptura, por esa relación, por él...
+Eres tan estúpido.
-Dime algo que no sepa.
+Aún no me has contestado.
-¿Constestarte? ¿A qué?
+Por qué estás aquí conmigo, porque me has acompañado a
París.
-Simple: para que no te perdieras. Con tu sentido de la
orientación, quien sabe. Sin mi, podrías haber terminado en La India.
+Eres un idiota.
Son palabras rodeadas de los dientes más blancos, de la
sonrisa más pura. Leo le guiña un ojo y con gesto llama al camarero.
-Si no le importa, ¿Podría traernos el postre? Yo quisiera
unos profiteroles. ¿Y tú, Diana?
+Estoy llena, mejor te quito a ti.
-Típico en las mujeres... Pues solo eso.
El camarero asiente simplemente, y en menos de cinco minutos
ya está de nuevo en la mesa con lo mandado.
+¿Cómo que típico?
-Ajá, no queréis postre pero siempre le quitáis a los demás.
+Como te odio.
Antes de que Leo pudiera reaccionar, Diana ya le había
llenado la nariz de chocolate.
domingo, 20 de mayo de 2012
Con solo una caricia, me pierdo en este mar.
El sol brilla en lo alto enmarcado en celeste, las nubes
parecen pintadas con acuarelas. El frío no cesa, y al pie de la inmensa torre
caminan decenas de parejas agarradas de la mano. Hoy está más decorada que
nunca, preparada para alumbrar París toda la noche. Es 14. De febrero. Diana se
calienta las manos con un café del Starbucks. Lleva el abrigo blanco que tanto
le gusta a Leo, y una boina color marrón. Sus ojos son más verdes que nunca.
Escucha música desde el iPod solo con un casco. Pablo Alboran. Le encantan sus
letras. Deberían entristecerla, después de todo lo que ha pasado... Pero más
que eso, la anima. Para por debajo de la torre y se sienta en un banco. Está
debajo de un cerezo, ya florecido. Ha quedado con Leo en 10 minutos ahí. Saca
el móvil del bolso y busca sus fotos; no lo puede evitar. Sus ojos le persiguen
en sueños, y escucha su voz en todos lados. Es como una pesadilla
constante...Esas continuas ganas de llorar, ese dolor que le encoge el corazón.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
Por eso le encanta Leo. Él y sus entradas tan originales.
+Esperar a un idiota.
-¿Un idiota que te ha traído... esto?
Leo le enseña un ramo de rosas rojas que tenía escondidas
tras la espalda, y sonríe al ver un brillo especial en los ojos de ella.
+Leo... No hacía falta, de verdad...
-Sí que la hacía.
Diana sin pensar le da un abrazo. Él solía hacerle regalos
como ese cuando estaban juntos... Parecía haber pasado una eternidad, y no
superaba los 3 meses.
+Yo no te he traído nada...
-Yo no lo necesito, tú sí.
+Me recuerda a él, todo me recuerda a él.
Diana lo ignora, pero esas palabras le duelen a Leo, que no
obstante, sonríe.
-Normal, estabas muy enamorada...
+No dejo de pensar en él.
-Pues deberías hacerlo. No te has mudado en vano.
+Pero...
-No, no hay peros. ¿Qué consigues? ¿Qué estás consiguiendo? Hacerte
daño. Solo eso. Y todo por un tío. Hace semanas que no sonríes de verdad, como
tú solías hacerlo. Hace tiempo que no te oigo reír a carcajadas. ¿Qué te ha
pasado? ¿Él te ha cambiado? No consigo aceptar
eso. Es más, creo que no lo aceptas ni tu misma. Te duele más el haber
sido tan ingenua que todo lo pasado. Que no es más que eso; pasado. Déjalo
atrás, antes de que se convierta en una obsesión.
+¿Te puedo hacer una pregunta?
-Sí.
+¿Por qué me has acompañado hasta París?
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