jueves, 24 de mayo de 2012

En un beso, sabrás todo lo que he callado.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos."
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.
Pablo Neruda.

Rima XII

Porque son, niña, tus ojos 
verdes como el mar, te quejas; 
verdes los tienen las náyades, 
verdes los tuvo Minerva, 
y verdes son las pupilas 
de las hurís del Profeta. 

El verde es gala y ornato 
del bosque en la primavera; 
entre sus siete colores 
brillante el Iris lo ostenta, 
las esmeraldas son verdes; 
verde el color del que espera, 
y las ondas del océano 
y el laurel de los poetas. 

Es tu mejilla temprana 
rosa de escarcha cubierta, 
en que el carmín de los pétalos 
se ve al través de las perlas. 

Y sin embargo, 
sé que te quejas 
porque tus ojos 
crees que la afean, 
pues no lo creas. 

Que parecen sus pupilas 
húmedas, verdes e inquietas, 
tempranas hojas de almendro 
que al soplo del aire tiemblan. 

Es tu boca de rubíes 
purpúrea granada abierta 
que en el estío convida 
a apagar la sed con ella, 

Y sin embargo, 
sé que te quejas 
porque tus ojos 
crees que la afean, 
pues no lo creas. 

Que parecen, si enojada 
tus pupilas centellean, 
las olas del mar que rompen 
en las cantábricas peñas. 

Es tu frente que corona, 
crespo el oro en ancha trenza, 
nevada cumbre en que el día 
su postrera luz refleja. 

Y sin embargo, 
sé que te quejas 
porque tus ojos 
crees que la afean: 
pues no lo creas. 

Que entre las rubias pestañas, 
junto a las sienes semejan 
broches de esmeralda y oro 
que un blanco armiño sujetan. 


Porque son, niña, tus ojos 
verdes como el mar te quejas; 
quizás, si negros o azules 
se tornasen, lo sintieras.
Gustavo Adolfo Bécquer. 

Caminante.

 Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.

Antonio Machado 

martes, 22 de mayo de 2012

Caprichos del destino.


El agua de la ducha golpea con fuerza su piel semitostada por el sol del verano. Las gotas caen, recorriendo cada rincón de su cuerpo, como en una carrera para ver cual llega antes a la meta. La espuma se desliza por su pelo color ceniza, y un poco le llega a los ojos.  Se la retira rápidamente, con delicadeza, una cualidad de la que no carece ninguno de sus gestos. Y, mientras deja pasar los minutos, piensa en su amiga. ‘No sé que problema tiene. Ha tenido muchas oportunidades, con chicos de todo tipo, y nada. No quiere… No la entiendo. Somos muy diferentes…’
Inés sabe que Leyre es muy atrevida, hasta cierto punto.



Enfundada en unos pantalones cortos vaqueros y una camisa de gasa ancha ceñida a la cintura, camina despacio calle arriba. Sus tacones de esparto granate dejan enseñar unas uñas pintadas de rojo, y unas piernas largas y morenas seducen con un caminar digno de una modelo. Sus labios brillan levemente, y sus ojos verde  esmeralda marcados por unas largas pestañas negras lo observan todo con exagerada curiosidad.
Un chico algo mayor que ella la observa y le guiña un ojo. Ella finge no haberlo visto.
-Leyre, eres guapa, pero no te aproveches de ello, que hay algunos que no podemos resistirnos.
Una voz suena cerca de su oído. Es Francesco.
-Ni soy guapa ni me aprovecho- responde ella con una sonrisa- Si él me ha mirado, no es mi culpa.
-Es difícil no mirarte, llamas la atención.
-¿Qué? –ríe- ¿Yo, por qué?
A Francesco se le ocurren en ese momento mil maneras diferentes de cómo decirle a Leyre que la quiere, que la ama con locura, pero lo único que hace es encogerse de hombros y murmurar entre dientes:
-No sé.
A ella no le pasa desapercibido el rubor de las mejillas de su amigo. Se conocen desde poco más de un mes, pero parece que él le ha cogido bastante aprecio.
-Francesco, ¿Tú llegando tarde?
-Es que me he quedado dormido, porque mi hermano ha estado estudiando toda la noche y se ha ido temprano  a la uni, y me ha despertado. No fui capaz de volverme a dormir.
-¿Qué está estudiando tu hermano?
-Psicología. Esta mañana ha tenido su último examen.
-¿Cuántos años tiene?
-19, dos más que nosotros.



-¿Cómo es posible que Ángel llegue siempre tarde?
-Ya sabes que le gusta hacerse esperar.
-Cómo en cinco minutos no esté aquí me voy sin él.
Una voz grave los sobresalta.
-Tranquilo que ya estoy aquí.
-Seguro que te has parado a mirar a alguna chica.
Ángel sonríe misteriosamente mientras mantiene en vilo a Diego y Alessandro.
-Sí, pero no a una cualquiera. Alessandro, mira allí.
Señala con el dedo índice a un grupo de adolescentes que está a unos metros de distancia, y sus amigos giran la cabeza en esta dirección. Alessandro abre la boca sorprendido, mientras que Diego no comprende nada.
-¡Es Leyre!
-¿Quién es Leyre?
-¿Te acuerdas de la fiesta de ayer? Pues Alessandro estuvo con una muchacha…
-Pero no paso nada.
-Ah, no lo sabía. Por si os interesa, el que está al lado de vuestra amiga… ¿Laura?
-Leyre.
-Eso, Leyre, es mi hermano.
-¿Y por qué nos iba a interesar?
-No sé- dice Diego guiñando un ojo- A lo mejor quieres ir a hablar con ella.


-Entonces, ¿A dónde vamos?
Siete personas de no más de dieciocho años discuten unos metros más allá, sin darse cuenta de que están siendo juzgados a base de miradas.
-Yo quiero una heladería.
-Pero Anna, tu siempre quieres comer.
Un puñetazo va a parar al brazo de Hugo.
-¡Ay!
-Pues yo creo que lo mejor es irnos a una disctoteca.
Naiara niega rotundamente con la cabeza.
-Vamos a sentarnos en un bar a tomar una cerveza.
-Estoy con Lucas y con Inés, yo quiero irme a un pub o algo así.
Todos menos Naiara asienten con la cabeza.
-Pues hala, decidido



-Qué, ¿Os vais a acercar o no?
-Qué dices, que vergüenza…
Alessandro no puede ni terminar la frase cuando Ángel sin previo aviso se encamina hacia esa chica de ojos verdes. Sigue pensando que está demasiado delgada, pero algo en su mirada le llama. Sus amigos lo siguen y lo alcanzan en cuestión de segundos. Un paso más, y de repente, dos cuerpos chocan. Ángel llega justo cuando Leyre se da la vuelta. Él consigue mantener el equilibrio, como si estuviera encima de una cuerda floja, pero ella, tras otro paso en falso, se cae al suelo. Todos a su alrededor ríen, menos Ángel, cuya mirada es impasible, y Diego, que se ha sonrojado.
-Lo siento mucho, ¿Estás bien?
Cuando sus manos se estrechan un escalofrío recorren sus espinas dorsales. Leyre mira sus ojos color miel. Se sonroja pero esboza una gran sonrisa.
-Tranquilo, si no ha sido culpa tuya.
-Lo sé, pero no esperes que él se disculpe.
Diego señala a Ángel con un gesto de resignación. Éste se encoge de hombros.
-En realidad, tampoco ha sido culpa mía, yo no sabía que se iba a dar la vuelta.
-Ya, pero aunque sea por educación…
Francesco se mete en seguida de por medio.
-Diego, sabes que Ángel no lo hace por ser educado o dejar de serlo, es cuestión de su enorme ego.
Ángel sonríe. El hermano de su amigo siempre le ha caído bien.
-Cierto.
-Espera, Francesco, ¿Tú los conoces?
Inés le da forma a los pensamientos de todos con esa simple pregunta. Francesco asiente con la cabeza poniéndose al lado de su hermano.
-Claro que sí. Éste es mi hermano, y estos sus mejores amigos.
Leyre da un paso adelante y se colca frente Alessandro.
-Tú… me suenas.
Él sonríe.
-Vaya, veo que el alcohol de anoche te afectó más de lo que yo pensaba.
-¡Claro, ya me acuerdo! Tu eres Ale, ¿No?
-Exacto.

lunes, 21 de mayo de 2012

Caminos cruzados.


La música suena a todo volumen. Alrededor de una piscina, ciento de adolescentes bailan descontrolados. Ebrios o colocados. La mayoría de las chicas van ligeras de ropa, no por el calor. Y los chicos… disfrutan mirando. Botellas vacías de alcohol flotan en el agua, y en los rincones, chicos intercambian éxtasis por pasta. Inés vigila desde un balcón. Mira con orgullo la fiesta. Su fiesta. El viento juega con sus mechones color ceniza y pasea por su cuerpo desnudo. Siente una mano sobre su cadera. Cierra los ojos. Le encanta el tacto de su piel.
-Inés, ¿Qué haces aquí? Ven a la cama.
Ella se gira y le sonríe. Sus ojos azules contrastan con los negros de Lucas. Y lo besa. Se enreda en su cuerpo y lo acaricia. Y antes de poder pensar, están de nuevo en la cama, jadeando, suspirando, jugando…
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-¡Bebe, bebe, bebe!
Un corro de diecisieteañeros corean, borrachos, esperando que el chico del centro pueda con toda esa cantidad de cerveza. Desde fuera, al lado de la piscina, un chico de ojos marrones observa la escena. Tiene un vaso en la mano. Brugal con coca-cola. Solo lleva puesto un bañador, dejando entrever un cuerpo sacado de gimnasio. De repente, una chica llama su atención. Sale de entre todo el gentío con un chico de la mano. La reconoce. Ha oído hablar de ella. Leyre. Sale corriendo hacia la piscina, arrastrando tras de si al perdido chico. Al llegar al borde de la piscina le da un beso rápido, y tras separase de él y reírse, lo empuja hacia el interior de la piscina. El chico cae arrastrándola con él. Ambos nadan hacia el centro de la piscina, él la coge y se besan. De nuevo. Ella está mojada, no solo en lo referente a la ropa. Y más que besarlo le muerde, los labios, una y otra vez.
Ángel observa la escena, con un brillo de suspicacia en la mirada. Y, tras unos pocos minutos, deja el vaso de Brugal en una mesa llena de restos de polvos blancos y comida. ‘Es una chica mona. Quizás demasiado delgada, pero mona. Bonitos ojos.’ Sale, arranca un deportivo color negro y se marcha. No quiere caer tan bajo como todos aquellos adolescentes sin futuro.

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La alarma de su Nokia táctil hace sonar la canción de los Italo Brothers, Moonlight Shadow. Él la apaga casi automáticamente. Son las siete y media, el último examen es dentro de una hora y lleva toda la noche estudiando. Se sabe los 12 temas de psicología de cabo a rabo, pero aún así, ha decidido repasarlos una vez más.
-Diego, ¿No has dormido en toda la noche?
Él se da la vuelta, y contempla a su madre vestida con el uniforme del trabajo y una taza de café en la mano, apoyada en el marco de la puerta.
-Sí, hoy es mi último examen.
-Pero cariño, necesitas dormir…
Diego se levanta y le da un abrazo a su madre. Desde que su padre los abandonó, han tenido que renunciar  a bastantes cosas por seguir adelante. Él incluso quiso dejar la carrera, pero su madre se lo prohibió.
-No te preocupes, cuando termine el examen volveré a casa y dormiré un rato.
Dicho esto, se dirigió a la cocina de su piso del centro de Salamanca. Abrió la nevera y sacó un pedazo de tarta de chocolate que hizo su madre ayer y se sirvió un vaso de leche.
-Entonces, ¿Hoy no sales?
-Sí, pero por la noche. Vamos a ir a dar una vuelta por los bares de aquí.
-Está bien. Yo me voy ya a trabajar. Hasta luego.
-Adiós mamá.

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La luz se filtra por el hueco de la persiana, y traspasa las cortinas de seda de su cama de dosel. Un rayo de sol le da casi de lleno en la cara, y gruñe entreabriendo los ojos. Siente el cansancio en todos sus músculos. Y el efecto del alcohol en su memoria. Se estira, abriendo los ojos ya del todo, y sonríe. Se siente como una princesa cada vez que despierta en esa cama. Como una princesa cuyo príncipe se perdió en el camino…
Sacude la cabeza y, pulsando un botón de la minicadena de su izquierda, comienza a sonar una canción poco conocida. Mira el reloj. La una de la tarde. Mientras abre el armario, marca el número de Inés en su iPhone fucsia. Uno, dos, tres pitidos…
-¿Si?- La voz aguda de su amiga suena baja, recién despertada, también.
-Inés, soy Leyre, ¿Estabas dormida? ¿Sigue Lucas allí? Anoche no se os vió el pelo…
-Si y si. Se ha quedado a dormir conmigo. ¿Vas a venir a por el vestido?
-¿Qué vestido?
-El de la graduación, ya está arreglado.
-Está bien. Como algo y voy.
-Vale, un beso.
Cuelga y se pone unos pantalones cortos y una camisa veraniega de Massimo Dutti. Se mira al espejo mientras se recoge el largo pelo moreno en una coleta. Aunque Inés y ella solo tengan 17 años, van a la cena de graduación de los de bachillerato desde los 14. Les encanta lucirse.
Baja corriendo unas escaleras de mármol y se dirige a la cocina. Abre la nevera y saca una botella llena de zumo de naranja. Sale andando a paso ligero hacia el salón. Allí están Dani y Rubén, los gemelos, jugando a la play.
-Pequeños, ¿Dónde están papá, mamá y Marcos?
-Papa y mamá se han ido a un club de esos caros, y Marcos está con su novia fuera.
-Su novia tiene nombre.
-Pero nunca me acuerdo.
Leyre suspira.
-Guadalupe.
-Pero no la llaman Guadalupe.
-Ada.
Rubén se encoge de hombros y vuelve al juego.
-Bueno, chicos me voy.
-¿A casa de Inés?
-Si, ¿Por qué lo preguntas?
-Dile a Tony que se venga.
-¿Pero Tony no estaba en un campamento?
-Llegó ayer.
-Está bien, se lo diré.
Coge un caramelo de menta de encima de la mesa y deja en su lugar la botella de zumo.
-Chicos, colocad eso que tengo prisa. ¡Os quiero!
Y sale corriendo hacia fuera. Mira a todos los lados y ve a Marcos montándose en su Porshe  color rojo.
-¡Marcos!- corre hacia él- ¿Me llevas a casa de Inés?
-Pero si vive a tres manzanas de aquí…
-No me apetece andar, venga, ¿Qué te cuesta?
Marcos piensa.
-Venga, móntate.
Leyre se monta atrás, dejadole a Ada el asiento al lado de su hermano.
-Hola Ada.
-Buenos días para ti, ¿No Leyre?
Todos ríen.
-Si, la verdad es que sí. Anoche llegué muy tarde a casa.
-Inés celebró una fiesta, ¿No?
-Si, por el comienzo del verano.
-¿Y qué tal te lo pasaste?
-Muy bien, muchos chicos.
Marcos finge no haber oído la última frase y, tras un carraspeo, le dice a su hermana:
-Leyre, llegamos.
Leyre se baja corriendo, le da un beso en la mejilla a su hermano a través de la ventanilla bajada y tras despedirse, corre a la puerta de casa de su amiga. Llama, y le abre una mujer de negro con un delantal blanco. La conoce.
-Buenas tardes Roberta. Vengo a ver a Inés.
-Hola señorita Leyre. Está en su habitación, creo que aún dormida. Ya sabe el camino.
Leyre comienza a andar, subiendo unas escaleras también de mármol, semejantes a las de su casa. El primer piso la tercera puerta a la derecha. No llama, nunca lo hace. Abre poco a poco la puerta, y dentro ve un bulto en la cama de su amiga. Cierra la puerta sin hacer ruido y se acerca poco a poco. Inés duerme tranquilamente al lado de Lucas. Ambos están desnudos, tapados con una fina sábana de satén (Inés odia la seda) hasta por encima del ombligo. Leyre coge un poco de impulso, con intención de tirarse encima de ambos.
-Ni se te ocurra.
Cuatro palabras se deslizan suaves por los labios de Inés, que abre los ojos lentamente. Y unas milésimas de segundo después, añade:
-Te ibas a tirar encima, admítelo.
Leyre solo sonríe como una niña pequeña y afirma bruscamente con la cabeza. Inés se despereza y se restriega los ojos como si de un gato se tratase.
-¿Y mi vestido?
-En el armario. Cual prefieres, ¿El azul o el negro?
-El negro. Es más provocativo. Además, el azul te pega más a ti.
-Pues pruébatelo.
Leyre camina hacia el armario de su amiga y lo abre con sumo cuidado. De la pequeña percha de la puerta cuelgan dos vestidos muy parecidos cubiertos por un plástico transparente. Saca el negro y lo pone encima de una silla, con la intención de que no se arrugue.
-¿Qué tal con Lucas?- pregunta Leyre mientras se desnuda.
-Bien. Tú también estuviste con un chico anoche, ¿No?
-Sí. Se llama Alessandro, es italiano, estudia en la universidad de aquí, y vive en uno de los colegios mayores, no recuerdo en cual.
-Y… ¿Pasó algo?
Un escalofrío recorre la espalda de Leyre.
-No. Sabes que necesito a alguien especial, que no puedo…
-Cuando estés preparada lo sabrás.
Leyre termina de abrocharse el vestido. Escote palabra de honor, negro azabache, ajustado en la zona de la cintura hacia arriba y con vuelo hacia abajo. Es de gasa. Por supuesto, no iba a ser de seda. Da una vuelta frente al espejo y por un momento se siente una princesa.
-Te queda muy bien.
-¿Cómo es el azul?
-Un poco más largo, por la rodilla, y con un solo hombro al descubierto.
-Me quedo con este.
-La sabía.
-¿Tienes unos tacones negros?
-Sí, los de plataforma, pero me tienes que dejar tu los tuyos azul oscuro.
-Hecho.
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La Blackberry táctil suena a todo volumen en su mesilla de noche. No la escucha, tiene los cascos conectados al amplificador de su Epiphone eléctrica de color blanco. Toca una canción de Pereza con los ojos cerrados. Cuando termina y los abre, ve la pantalla de su móvil iluminarse. Es Alessandro. Lo llama.
-Alessandro, soy Ángel.
-Hola Ángel. Te vi ayer en la fiesta.
-Y yo a ti. Ocupado con una chica… Leyre, ¿No?
-Sí, pero fue únicamente un rollo, no me dio su número si quiera.
-Es amiga de la rubia, la dueña de la casa…
-Inés.
-Sí, esa. Y tengo entendido que van todos los años a la cena de graduación. Así que la verás, tranquilo.
-La cena es mañana, ¿Me equivoco?
-No.
-¿Vamos a ir?
-Por qué no, así por lo menos hacemos bultos. Además, va mucha gente de primero de carrera.
-Está bien. Bueno, te llamaba para decirte que Diego y yo hemos quedado esta noche para dar una vuelta. ¿Te vienes?
-Sí, por qué no. ¿A qué hora y en dónde?
-A las nueve y media en la plaza mayor.
-Allí estaré.
-Venga, hasta luego.
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Leyre se desliza por la barandilla mientras Inés y Lucas bajan escalón por escalón, agarrados de la mano.
-Leyre, algún día te vas a matar.- Suspira el chico.
-Anda ya, si llevo haciendo esto desde que era pequeña.
Llega al suelo con un aterrizaje perfecto.
-Chicos, ¿Qué os parece si vamos esta noche a dar una vuelta por el centro?
-Si hombre, para que vayáis vosotros dos en plan pareja y me quede yo sola.
-Tonta. Pensaba llamar a Francesco,  Hugo, Naiara y Anna.
-En tal caso, estoy de acuerdo.
-¿A las nueve y media en la Plaza Mayor?
-Está bien, pero esperadme si llego tarde…
-Lo llegarás.
-Hija de tu madre.
Inés sonríe y le da un beso a su mejor amiga.
-Por cierto, me dijeron Rubén y Dani que hablara con Tony para que se fuera a mi casa.
-No te preocupes, ya se ha ido.
-En tal caso, a la heladería.
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-Diego, ¿Qué tal el examen?
Los ojos azules brillantes de Lucía lo observan con cierta admiración escondida.
-Bueno, pues podría haberme salido mejor, pero supongo que aprobaré. ¿Y tú que tal?
-Bastante bien, mejor de lo que esperaba.
Caminan, cerca el uno del otro, por uno de los pasillos de la facultad.
-¿Qué vas a hacer esta noche?
-He quedado con Ángel y Alessandro para dar una vuelta por el centro, ¿Quieres venir?
-No, gracias. Creo que me quedaré sola en casa, y hoy prefiero dormir para la cena de mañana.
-¿La de la graduación de los de Bachillerato? ¿Vas?
-Sí, vamos todos. ¿Tú no?
-Claro que sí, pero no sabía que una simple cena de adolescentes motivados tuviera tanto éxito…

Ven, acércate. Ven y abrázame.


La luna se refleja en el agua del Sena, que esta noche parece más clara que nunca. Parados, observan el río desde un puente con numerosos candados. La luz de las farolas no alumbra tanto como de costumbre, todo está sumido en una penumbra un tanto especial.
-¿Piensas que algún día lo olvidaré?
+No. No somos máquinas, no olvidamos por que si.
-¿Eso significa que siempre me dolerá?
+Tampoco. Hace poco una amiga me dijo algo que no me dejó indiferente: no lo vas a olvidar, pero llegará un momento en el que te darás cuenta de que ya no juega un papel tan importante en tu vida. Siempre te quedaran los recuerdos, pero en el presente y en tu futuro, podrás vivir sin él. Más que olvidar lo que sientes por él, lo transformarás.
Un escalofrío recorrió a Diana de pies a cabeza. Leo se dio cuenta y se quitó su chaquetón para ponérselo a ella sobre los hombros.
-Leo no hace falta...
+Te gusta esa frase. Sí que hace falta. No finjas ser tan fuerte, que algún día te vas a romper.
-¿Qué me quieres decir con eso?
+No te he visto llorar ni una sola vez por Danielle, no te he oído decir nada como ''lo echo de menos'' o algo como ''necesito un abrazo''. ¿No tienes ganas de todo eso?
-Pues...
Diana enmudeció. No tenía respuesta.
+A veces, para superar algo debes dejar de fingir, y decir lo que en verdad sientes.
-No puedo, me da vergüenza. Me avergüenzo de mí misma.
+¿Por qué? ¿Por necesitar un amigo o soltar unas cuantas lágrimas? Diana, sentir dolor, por lo que sea, no es motivo de avergonzarse.
Una lágrima se resbaló por su mejilla, Leo la cogió con un dedo.
+Ésto, no es más que una señal de valentía.
Diana esbozó una débil sonrisa, y con los ojos le suplicó que la abrazara. Y que no la soltara. Y él no se hizo más de rogar.

Queda camino por andar.

Bajo las luces de la noche Parisina, comparten un plato de pasta. Raviolis carbonara. Suena la melodía de un acordeón, y de los balcones cuelgan guirnaldas de geranios y margaritas. Una vela encendida a un lado de la mesa da un último toque de romanticismo en el que no reparan. Por lo menos Diana.
-¿No te recuerda a la escena de la Dama y el Vagabundo?
Ella ríe ante la ocurrencia de Leo.
+Cierto, con la diferencia de que aquí no hay beso.
-Sí, se que soy el sueño de tu vida, pero Diana, son cosas que pasan...
Diana ríe con la boca llena. Leo no es capaz de pensar en otra cosa. Sus ojos, sus labios, su pelo... Tiene ganas de besarla, de abrazarla, de amarla... Tiene ganas de ella. Es como una droga. Cuanto más tiempo pasa con Diana, más la necesita día tras día. Pero no, no puede. Por ella. Está ahí para ayudarla. Está ahí por ella, porque tiene el corazón roto, porque no soportaba saber que en España lloraba noche tras noche por esa ruptura, por esa relación, por él...
+Eres tan estúpido.
-Dime algo que no sepa.
+Aún no me has contestado.
-¿Constestarte? ¿A qué?
+Por qué estás aquí conmigo, porque me has acompañado a París.
-Simple: para que no te perdieras. Con tu sentido de la orientación, quien sabe. Sin mi, podrías haber terminado en La India.
+Eres un idiota.
Son palabras rodeadas de los dientes más blancos, de la sonrisa más pura. Leo le guiña un ojo y con gesto llama al camarero.
-Si no le importa, ¿Podría traernos el postre? Yo quisiera unos profiteroles. ¿Y tú, Diana?
+Estoy llena, mejor te quito a ti.
-Típico en las mujeres... Pues solo eso.
El camarero asiente simplemente, y en menos de cinco minutos ya está de nuevo en la mesa con lo mandado.
+¿Cómo que típico?
-Ajá, no queréis postre pero siempre le quitáis a los demás.
+Como te odio.
Antes de que Leo pudiera reaccionar, Diana ya le había llenado la nariz de chocolate.

domingo, 20 de mayo de 2012

Con solo una caricia, me pierdo en este mar.

El sol brilla en lo alto enmarcado en celeste, las nubes parecen pintadas con acuarelas. El frío no cesa, y al pie de la inmensa torre caminan decenas de parejas agarradas de la mano. Hoy está más decorada que nunca, preparada para alumbrar París toda la noche. Es 14. De febrero. Diana se calienta las manos con un café del Starbucks. Lleva el abrigo blanco que tanto le gusta a Leo, y una boina color marrón. Sus ojos son más verdes que nunca. Escucha música desde el iPod solo con un casco. Pablo Alboran. Le encantan sus letras. Deberían entristecerla, después de todo lo que ha pasado... Pero más que eso, la anima. Para por debajo de la torre y se sienta en un banco. Está debajo de un cerezo, ya florecido. Ha quedado con Leo en 10 minutos ahí. Saca el móvil del bolso y busca sus fotos; no lo puede evitar. Sus ojos le persiguen en sueños, y escucha su voz en todos lados. Es como una pesadilla constante...Esas continuas ganas de llorar, ese dolor que le encoge el corazón.
-¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?
Por eso le encanta Leo. Él y sus entradas tan originales.
+Esperar a un idiota.
-¿Un idiota que te ha traído... esto?
Leo le enseña un ramo de rosas rojas que tenía escondidas tras la espalda, y sonríe al ver un brillo especial en los ojos de ella.
+Leo... No hacía falta, de verdad...
-Sí que la hacía.
Diana sin pensar le da un abrazo. Él solía hacerle regalos como ese cuando estaban juntos... Parecía haber pasado una eternidad, y no superaba los 3 meses.
+Yo no te he traído nada...
-Yo no lo necesito, tú sí.
+Me recuerda a él, todo me recuerda a él.
Diana lo ignora, pero esas palabras le duelen a Leo, que no obstante, sonríe.
-Normal, estabas muy enamorada...
+No dejo de pensar en él.
-Pues deberías hacerlo. No te has mudado en vano.
+Pero...
-No, no hay peros. ¿Qué consigues? ¿Qué estás consiguiendo? Hacerte daño. Solo eso. Y todo por un tío. Hace semanas que no sonríes de verdad, como tú solías hacerlo. Hace tiempo que no te oigo reír a carcajadas. ¿Qué te ha pasado? ¿Él te ha cambiado? No consigo aceptar  eso. Es más, creo que no lo aceptas ni tu misma. Te duele más el haber sido tan ingenua que todo lo pasado. Que no es más que eso; pasado. Déjalo atrás, antes de que se convierta en una obsesión.
+¿Te puedo hacer una pregunta?
-Sí.
+¿Por qué me has acompañado hasta París?